Luis Iván Santillana
Su papá solía llevarlo ahí todos los jueves a pasear. El río Aar era un buen lugar para
atrapar pescado fresco para la cena. Las aguas frescas del Reichenbachfall caían y caían
más arriba, y ahí es adonde él se dirigía. Su nombre era Friedrich Planck, y había tenido
una muy mala semana. Su jefe, el Señor Rosen, había salido de la ciudad por asuntos de
negocios y el hombre que había dejado a cargo, Johansen, era un hombre de espíritus
pesados. Renegaba y gritaba por todo, incluso se atrevió a culpar a Planck por unas ventas
poco favorables en las que él no había tenido nada que ver.
Pero volver a este lugar le tranquilizaba. El agua era la mayor fuente de relajación para
Friedrich desde que era muy pequeño y venía a pasar la tarde frente a la cascada con su
familia. Bajo la sombra de los altos pinos no había de qué preocuparse. El ruido de la
ciudad quedaba atrás y su mente se despejaba. Reinaba el silencio y el ocasional sonido de
los pájaros y los pequeños insectos primaverales.
Luego dos voces como relámpagos. Dos hombres discutiendo en voz alta, batiéndose el
duelo utilizando sólo las palabras. Se veían y rondaban mutuamente, como un león y su
presa. Pero Friedrich no terminaba de entender cuál era el león y cuál era la presa.
—Es usted un iluso, detective. ¡Creyó que podría superarme de una manera tan simple! Déjeme decirle que se equivocó y ahora tampoco podrá contar con el apoyo del Doctor. Hay
alguien que lo ha vencido por primera vez, ese soy yo. No lo niegue, ahora su vida carecerá
de sentido. Acabe con ella y líbrese del problema.
—No, no es así, porque usted y yo somos iguales, Profesor. Y mientras usted siga aquí arriba
conmigo, no podrá vencerme y tendré una oportunidad de salir de este lío.
—Entonces ya no estaré aquí arriba con usted. Simple solución, ¿no lo cree?— dice el
hombre apuntando hacia las rocas sobre las que el agua del Reichenbachfall cae.
—Tenga por seguro que lo seguiré hasta el infierno— establece el otro hombre mientras se
abalanza sobre el primero, cayendo ambos hacia las rocas.
Planck quedó aterrorizado. El desenlace fue ocultado por la brisa del río Aar. Minutos
después reaccionó y corrió a todo pulmón a pedir ayuda para los dos hombres que se
habían dirigido a una muerte bastante segura bajo el Reichenbachfall.
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