Maribel Palazuelos
Nunca he sido una chica normal. Cuando tenía ocho años, un niño pisó mi muñeca en el patio de la escuela y me enojé tanto que le asesté un golpe en los testículos. El pobre chiquillo cayó al suelo por el dolor y mis padres me castigaron por lo sucedido, pues el niño pisó mi muñeca por accidente. Me obligaron a pedirle perdón y jamás volví a llevar ningún juguete a la escuela, no quería que pasara un "accidente" de nuevo.
Nunca he sido una chica normal. Cuando tenía ocho años, un niño pisó mi muñeca en el patio de la escuela y me enojé tanto que le asesté un golpe en los testículos. El pobre chiquillo cayó al suelo por el dolor y mis padres me castigaron por lo sucedido, pues el niño pisó mi muñeca por accidente. Me obligaron a pedirle perdón y jamás volví a llevar ningún juguete a la escuela, no quería que pasara un "accidente" de nuevo.
Otra razón por la que no soy una chica normal es que solo tengo una amiga, mi mejor amiga, aunque no necesito más. Verán, las niñas son molestas, siempre preocupándose por no macharse la ropa y hablando de chicos todo el tiempo, es agotador.
Conocí a mi mejor amiga una tarde de verano cuando tenía trece años y mi madre me obligó a sacar la basura. Cuando salí, la encontré escondida detrás del bote de basura y aunque se asustó cuando me vio, permaneció agachada en el mismo lugar.
—¿De quién te escondes? —le pregunté.
—Dos chicos me estaban persiguiendo —contestó.
Me dio tanta lástima que la invité a pasar a mi casa, le hice una taza de té para que se calmara y la hice contarme sobre los que la perseguían. Resultó que esos imbéciles la molestaban todo el tiempo en la escuela y ese día la siguieron, sin embargo, pudo perderlos de vista. Al día siguiente no fui a la escuela y esperé junto a ella hasta que sus agresores llegaron y los insulté para llamar su atención. El enojo se notaba en sus rostros y empezaron a acercarse amenazadoramente hacia mí. Le solté un golpe al que venía frente al otro, el segundo se asustó cuando la nariz del chico empezó a sangrar. Puedo jurar que casi se pone a llorar.
—¿Qué carajos te pasa? —preguntó el que no había golpeado.
—Dejen a mi amiga en paz o romperé algo más que la nariz de este idiota —contesté. Me miraron con odio y se fueron.
En la tarde la chica fue a mi casa, y en cuanto abrí la puerta saltó sobre mí y me abrazó. Estaba llorando y por un momento pensé que los imbéciles pudieron haberle hecho algo.
—¡Gracias, muchas gracias! —dijo todavía entre sollozos — ¡Gracias! —repitió.
Después de hacerle una taza de té y lograr que se calmara, me contó que los tipos prácticamente la ignoraron todo el día y nadie se atrevía a molestarla porque tenían miedo de que su amiga (o sea yo) los golpeara. Desde ese día nos convertimos en mejores amigas, y como dije, no necesito más.
¿Por qué cuento esto? No lo sé, tal vez me gusta contar mi historia a los demás o tal vez quiero que se den cuenta que no soy una chica normal como dije al principio. Verán, hay otra cosa... puedo hablar con el viento. Lo sé, suena ridículo, pero es verdad, llevó tres años hablando con él. Lo entiendo y él me entiende a mí. Es como tener un buen confidente.
Esa noche estaba azotando mi ventana para que le abriera el paso a mi habitación. Abrí la ventana y sentí la frescura de la noche sobre mi piel.
—Rompieron —fue lo primero que susurró.
—¿Quiénes? ¿de qué hablas? —le pregunté.
—La pareja —me contestó como si fuera algo obvio —. Terminaron.
—¿Por qué? ¿qué pasó? —la verdad no sabía de quiénes estaba hablando, pero lo alenté a que continuara.
—Ella lo engañó... —declaró el viento —con su mejor amigo.
—Que cliché —opiné.
—Lo sé —sentí como su tristeza inundaba la habitación—. Pobre chico, tiene el corazón destrozado.
—Bueno, no siempre es fácil encontrar a la persona indicada —me derrumbé en la cama pensando que se iría y me dejaría dormir, pero no lo hizo. De repente un sentimiento de esperanza llenó mi habitación y me dio miedo, podía sentir al viento formulando un plan y eso me preocupaba. Sus planes no siempre eran los mejores.
—Deberías ayudarlo —soltó de repente—, hacerle ver que la vida sigue, convencerlo de que vuelva a creer en el amor —su felicidad era tan intensa que sentí ganas de vomitar.
—Rompieron —fue lo primero que susurró.
—¿Quiénes? ¿de qué hablas? —le pregunté.
—La pareja —me contestó como si fuera algo obvio —. Terminaron.
—¿Por qué? ¿qué pasó? —la verdad no sabía de quiénes estaba hablando, pero lo alenté a que continuara.
—Ella lo engañó... —declaró el viento —con su mejor amigo.
—Que cliché —opiné.
—Lo sé —sentí como su tristeza inundaba la habitación—. Pobre chico, tiene el corazón destrozado.
—Bueno, no siempre es fácil encontrar a la persona indicada —me derrumbé en la cama pensando que se iría y me dejaría dormir, pero no lo hizo. De repente un sentimiento de esperanza llenó mi habitación y me dio miedo, podía sentir al viento formulando un plan y eso me preocupaba. Sus planes no siempre eran los mejores.
—Deberías ayudarlo —soltó de repente—, hacerle ver que la vida sigue, convencerlo de que vuelva a creer en el amor —su felicidad era tan intensa que sentí ganas de vomitar.
—Estás loco —contesté—. No voy a ayudar a un extraño solo porque sientes lástima por él. Me incorporé y comencé a caminar de un lado hacia otro de mi cuarto.
—Vamos, por favor —me rogó.
—No lo entiendes —le reclamé —. Yo no ayudo a las personas, no soporto a las personas. Es mi elección no tener amigos, simplemente es demasiada presión.
—Te equivocas, ayudaste a Lucy. Sin tu ayuda esos bravucones habrían acabado con ella... —podía sentir su nerviosismo. —Y Pedro, ¿recuerdas a Pedro?.
Pedro, claro que recordaba a Pedro. Cuando estaba en tercero de preparatoria, me senté juntó a un chico flacucho durante el receso. Se la pasó viendo mi almuerzo todo el rato y él nunca comió nada. A la mañana siguiente le pedí a mi madre que me mandara doble almuerzo y le di uno a Pedro. Él casi se puso a llorar de agradecimiento. Entonces me contó que su familia padecía económicamente y no podían darle dinero para comprar algo en la escuela, ni tampoco era posible enviarlo con comida. Así que pasé todo el año llevándole el almuerzo y le supliqué a mi padrino de bautizo que apadrinara los estudios de Pedro. Como era un hombre de negocios, acomodado y además me quería bastante, accedió y pagó lo que quedaba de los estudios de preparatoria de Pedro, con uniforme y almuerzo incluidos. Pedro es muy inteligente, así que consiguió una beca en el extranjero y se fue hace tres años. Mi padrino se encariñó con él y aún le manda dinero para solventar sus gastos. Yo no tenía tan buenas calificaciones como él, así que me quedé a estudiar en mi ciudad, por lo que solo lo veo en vacaciones cuando regresa a visitarnos. Me agradece todo el tiempo por haberlo ayudado. Pedro no estuvo conmigo cuando ocurrió la tragedia, pero de eso no quiero hablar.
—Sí —le contesté al viento —claro que recuerdo a Pedro.
Me detuve en el centro de mi habitación esperando respuesta, sin embargo, nunca nunca llegó, y continúe —Pero Pedro y Lucy son diferentes, los ayudé porque yo quise, porque me necesitaban. No porque alguien más me lo ordenó.
Me detuve en el centro de mi habitación esperando respuesta, sin embargo, nunca nunca llegó, y continúe —Pero Pedro y Lucy son diferentes, los ayudé porque yo quise, porque me necesitaban. No porque alguien más me lo ordenó.
—Pero este chico te necesita —insistió.
—¿Por qué ese afán a que lo ayude? —le pregunté —¿qué tiene de importante este chico?
—No puedo decirte, pero tienes que ayudarlo. Te necesita.
—No puedo —contesté rotundamente—. Estoy contenta con mis dos amigos y no tengo ganas de aguantar a alguien más. Ayúdale tú si tanto te preocupa.
Su enojo era palpable en el pequeño cuarto y en menos de lo que hubiera tardado en decir "pan", se esfumó. Sentí un gran vació porque de algún modo, el viento era otro de mis mejores amigos.
Pasó un mes desde aquella noche en que le viento se fue molesto de mi habitación y no hablamos desde entonces. A veces presentía su presencia, podía sentir sus emociones, y aunque su enojo aún no había desaparecido del todo, también sentía su frustración y sabía que era por mí. Traté de hacerlo hablar contándole mil cosas y casi me pongo a rogarle, pero él seguía callado, y el vacío dentro de mí crecía porque sentía cómo lo estaba perdiendo.
Pasó un mes desde aquella noche en que le viento se fue molesto de mi habitación y no hablamos desde entonces. A veces presentía su presencia, podía sentir sus emociones, y aunque su enojo aún no había desaparecido del todo, también sentía su frustración y sabía que era por mí. Traté de hacerlo hablar contándole mil cosas y casi me pongo a rogarle, pero él seguía callado, y el vacío dentro de mí crecía porque sentía cómo lo estaba perdiendo.
La voz del profesor despidiéndonos es lo que me hizo volver a la realidad. Guardé mis cosas e hice fila a la salida del salón, esperando a que el profesor me entregara mi examen. Al salir de la universidad me di cuenta de que la tarde se refrescó y ajusté el suéter alrededor de mi cuerpo, con el examen aún en mis manos. Cuando estaba por girar en la esquina, el viento sopló tan fuerte que el examen salió volando de mi mano y se azotó contra la cabeza de un chico que iba caminando hacía el otro lado de la calle. Corrí hacia él y tomé el papel.
—Lo siento —me disculpé, aunque técnicamente no fue mi culpa. Se volteó con el ceño fruncido.
—¿Por qué me golpeas? —pensé que bromeaba, pero empezó a frotarse la cabeza y sentí su enojo.
—No te golpeé —me defendí—, fue el viento. Hizo que mi hoja saliera de mi mano y se azotara contra tu cabeza. Levante la hoja para enfatizar lo que decía y me empecé a enojar.
—De acuerdo —dijo al fin—. Te creo, lamento hablarte hablado de esa manera.
—No te preocupes —nos sonreímos tímidamente. Cuando estaba a punto de dar media vuelta, el viento volvió a soplar, tan fuerte que me hizo perder el equilibrio. Por poco me estrello contra el piso, pero unos brazos ágiles me sostuvieron y me ayudaron a estabilizarme.
—Gracias —le dije al chico. No solo salió golpeado por mi examen, sino que también tuvo que detener mi caída. Me sentía avergonzada.
—Mira —dijo el muchacho— lo observé con atención y noté que se ponía un poco nervioso —, se que va a sonar muy cliché o de película pero... —sus mejillas se sonrojaron —¿te gustaría ir a tomar un café conmigo, o lo que sea?
Sonreí. ¿Por qué? No lo sé, simplemente me gustó su proposición. Tal vez ya era tiempo.
—Me encantaría —contesté.
Me ofreció su brazo y lo tomé para dirigirnos juntos a la cafetería más cercana. Puedo jurar que por un segundo percibí un sentimiento de felicidad girando a nuestro alrededor.
DOS AÑOS DESPUÉS...
Se van a casar.
Mi felicidad es tan grande, porque además de conseguir que se casaran, logré hacer que el día fuera perfecto: soleado con pocas nubes para que el calor no fuera intenso. Fue difícil lograrlo. El Dios del Sol me obligó a ser su ayudante durante un mes, el Dios de la Lluvia me hizo jurar que lo asistiría cuando reencarnara en la Tierra y el Dios del Viento... bueno, a él le prometí que me casaría con una de sus hijas a quien convertiría en humana mientras yo volvía a la Tierra para cumplir mi promesa al Dios de la Lluvia. Pero el Dios del Viento tiene mucho tiempo ayudándome, así que se la debo, además, la hija es simpática y guapa. De cualquier forma lo vale, cualquier cosa lo vale.
Me deslizo por debajo de la puerta, en la casa donde se va a realizar la boda y subo las escaleras buscando la habitación en la que Raquel se está arreglando. Después de tres intentos fallidos, la encuentro sola en una habitación de color verde. Los muebles son de caoba y todo luce impecable. Y ahí está ella, viendo por la ventana abierta. Cómo no entré por ahí... Se ve hermosa con su vestido de novia, ajustado en el torso y suelto de las caderas hacia abajo. El cabello lo lleva recogido en un moño y el velo le cae sobre la espalda.
—Viniste —escuché como susurraba con la mirada aún hacia la ventana abierta—. Sabía que vendrías. Se voltea y la sonrisa en su cara es enorme y sobre todo hermosa, como ella.
—Te vez preciosa —su sonrisa crece mientras se sonroja un poco—. Felicidades por tu boda.
—Gracias. Estoy muy nerviosa —se sienta en la cama, cuidando que el vestido no se arrugue. De pronto su expresión cambia de felicidad a miedo —. ¿Crees que estoy haciendo lo correcto? ¿en serio crees que estoy lista para amar a otro hombre?
El dolor en su cara me rompe el corazón.
—Es el día de tu boda, creo que ese pensamiento ya no es válido. Ese chico ya se ganó tu corazón —la sonrisa le vuelve al rostro. —Ya es hora de que sigas adelante con tu vida, encontraste el amor de nuevo y jamás debes dejarlo ir. Sé que son el uno para el otro y que se amarán toda la vida.
—Me recuerdas a él —una lágrima resbala por su mejilla y la seco rápidamente con mis manos de brisa.
Porque yo soy él —pienso —ese muchacho con el que creció y del que se enamoró, el que le robó su primer beso, y que le juró amor eterno cuando todavía éramos niños. Pero la vida es cruel a veces y cuando aquel camión me golpeó siendo todavía tan joven, ninguno se lo esperaba, solo pasó. Y en mis últimos segundos de vida, le pedí que fuera feliz, que buscara otro amor. A la mitad de camino al cielo, me negué a seguir, no quería dejarla sola y que cayera en depresión. Necesitaba asegurarme de que fuera feliz, así que traté de volver pero me lo negaron. Me puse como loco hasta que el Dios del Viento me dijo que a cambio de un favor podría hacerme volver en la forma uno de sus súbditos, pero cuando terminara mi misión tendría que volver con él y pagar el precio por sus favores. Así que están invitados a mi boda con Carpo la hija de Céfiro, el Dios del viento. Es mujer, lo juro.
Cuando volví a la Tierra en forma de viento me propuse encontrar al hombre perfecto para Raquel y lo encontré. El problema era que tenía novia. Cuando por fin terminaron me puse manos a la acción y el resto ya lo saben. Y como verán, no podía decirle todo esto, la pobre ya tenía que lidiar con el hecho de hablar con "el viento".
—¡Quiero ver a mi novia! —el grito me sobresalta y recuerdo donde estoy. —Solo serán cinco minutos, lo prometo.
Raquel soltó una risita y se puso de pie junto a la puerta para escuchar mejor.
—Estás loco, no puedo dejarte entrar —reconozco la voz de Lucy al otro lado—. Es de mala suerte.
—Yo no creo en la mala suerte —sigue rogando el novio—. Bueno... dos minutos.
—No voy a regatear contigo —protesta Lucy —. Largo de aquí.
—¡Te amo! — le grita a Raquel detrás de la puerta.
—¡Te amo más! —le contesta ella y los dos se ríen con complicidad.
—Por cierto —le digo, atrayendo de nuevo su atención—, gracias por ayudarlo.
Sonríe y está a punto de contestarme cuando la puerta se abre y Lucy entra al cuarto riendo.
—Está loco —declara —. Me encanta. ¿Cómo dices que lo conseguiste? —Y suelta una carcajada.
—El viento me ayudó —contesta Raquel.
Ambas salen para dirigirse al patio donde se llevará a cabo la boda. Y yo por fin puedo irme tranquilo, el amor de mi vida está feliz y eso es lo único que importa.
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