Los nervios la estaban matando, su rodilla no dejaba de temblar, ya le dolía la cabeza de tanto pensar y tenía la mitad de las hojas del cuaderno hechas bola frente a ella. Giraba entre sus dedos el collar de perlas que le entregó su maestra la clase pasada. Tenía ganas de romperlo y tirar todas las perlas a la basura. Su mente estaba en blanco, se encontraba desesperada. Eran las tres y media de la tarde y su clase era a las cuatro y media, pero ella simplemente no podía pensar en un cuento en donde meter las benditas perlas.
Se sobresaltó al escuchar a alguien sentarse en la silla frente a ella.
—Lo siento, ¿está ocupada? —su mente se volvió loca al ver los hermosos ojos azules del chico frente a ella.
—Eh.... no, no, adelante. —¡Dios! Se odiaba por tonta. El chico le sonrió y le contestó con un "Gracias".
¡Oh Dios! Esos ojos azules combinados con el hermoso cabello negro la estaban matando, era tan apuesto que dolía solo de verlo, y esa sonrisa, era tan grande y hermosa. Era su fin, jamás terminaría su historia con este adonis sentada frente a ella. El chico se dio cuenta de que lo estaba observando y volteó a verla, regalándole la vista de su hermosa sonrisa, a lo que ella le correspondió con un intento de sonrisa que le salió más como una mueca.
—¿Qué escribes? —preguntó el adonis, dirigiendo la mirada hacia el cuaderno casi destruido que tenía frente a ella.
—Ahmm... una historia —se sentía tan estúpida—. Es para una clase. Tengo que hacer una historia relacionada con el objeto que me tocó. El mío es un collar de perlas, aunque no tengo idea de qué escribir, siempre comienzo y jamás puedo terminar, me bloqueo a media historia. Se calló de pronto, era una tonta. Primero se ponía toda nerviosa sin saber que decir, y ahora estaba hablando hasta por los codos. Volteó a verlo avergonzada, pero este nada más le sonreía como si fuera gracioso que ella estuviera haciendo el ridículo frente a él.
—Te puedo ayudar —dijo él con la sonrisa aún en la cara—. Soy bueno escribiendo, lo juró —agregó antes de que pudiera contestar. Ella solo sonrió mientras asentía al mismo tiempo. Y la sonrisa del chico se hizo aún más grande. —Bien, ¿qué tenías en mente?
— Bueno... —contempló el montón de hojas frente a ella y luego alzó la mirada—. Primero empecé una historia donde un grupo de seis hermanas están en la oficina del abogado de su madre que acaba de fallecer. En el testamento queda declarado que desea que todos sus bienes sean repartidos en partes iguales para sus seis hijas, a excepción de un collar de perlas, ese va a ser para la primera que cumpla algo, solo que no sé qué pueden hacer para ganarlo. Bueno, el caso es que quería que la historia se centrara en las hermanas haciendo todo lo posible para ser ellas las beneficiarias del collar de perlas y al final el abogado se ríe de la ganadora porque el collar es falso. Todo era una broma que su madre les jugó por interesadas.
—¿O sea que no está muerta? —preguntó él un poco confundido.
—No, sí se murió. Es más bien una broma que se le ocurrió en su lecho de muerte y le comunicó al abogado. Todo porque se dio cuenta que sus hijas en realidad no se preocupaban por su salud, sino por su dinero.
—Mmm... no sé, tendrías que poner algo en realidad vergonzoso que ellas odien hacer, no se me ocurre nada. ¿Por qué mejor no pensamos en otra cosa?
—Dime, Cortázar, ¿qué se te ocurre? —él se rió al entender la referencia y ella sintió que se empezaba a enamorar. Un chico a quien le gustaba leer, escribir y además era guapo, simplemente era irresistible.
—Bueno, podríamos situar la historia en la época de la monarquía española. Una reina a la que obligaron a casarse con un hombre que no quería y el hombre que ama es un simple sirviente al que no puede borrar de su corazón. Por azares del destino, terminan siendo amantes, dejándose llevar por el amor que han mantenido oculto durante años. La hermana de ella se entera de la aventura que están viviendo, pero al darse cuenta del amor que se tienen, decide ayudarlos a continuar con su amorío a espaldas del rey. Cuando la reina cumple años, su amante desea darle de regalo un collar de perlas para que lo use y recuerde su amor todos los días, así que le pide a la hermana de la reina que se lo dé como si fuera por parte de ella. La reina, al recibirlo, sabe que es de su amado y cuando se encuentran, se lo agradece con todo el amor que le puede demostrar. A los pocos meses queda embarazada, así que planean escapar juntos, pero el rey se entera y manda matar al amante, y a ella la encierra en uno de los calabozos del castillo. Una tarde va a verla y la hace abortar a base de golpes. Con el tiempo, la reina deja de comer y lentamente empieza a decaer hasta que al final se muere y se reúne con su amado en el cielo.
—Pero, pero... —quería quejarse pero su cerebro parecía haber olvidado las palabras—. Pero, se murieron, ¡los dos! ¿Qué clase de historia es esa?
—No todas las historias tienen que acabar con un "Felices para siempre", en la vida real esas cosas no pasan—. El chico se quedó esperando a que ella dijera algo, pero su cerebro aún procesaba la idea de escribir una historia sobre muerte. —Además, al final se quedan juntos, los dos son libres para amarse en el cielo.
—¡Pero están muertos! —gritó la chica—, ganando que la bibliotecaria me lanzara una mirada de odio y advertencia—. Lo siento —se disculpó en un susurro. —Además, el rey mató al bebé.
—De acuerdo, pensemos en otra cosa. Ya me di cuenta que no sabes apreciar obras maestras cuando las tienes enfrente—. Sonrió él mientras ella voltea los ojos al techo—. Dime, mi adorable Irene, ¿qué se te ocurre?
—Por favor dime que no me estas comparando con la amante de Jacobo —dijo con fingida ofensa.
—Deberías sentirte alagada de que te comparen con un personaje de Maupassant—. El ceño fruncido de la chica lo hizo sonreír—. No te estaba comparando, solo era una referencia, quería saber que tanto te gustaba la lectura.
—Eres un tonto —ella se ríe tan fuerte que la bibliotecaria les dice que es la segunda advertencia y que a la tercera los va a correr.
—Entonces —comienza el adonis—, ¿qué historia vas a inventar para ganarle a mi historia?
—¿Qué tal una historia de terror? —Él alza las cejas con sorpresa—. Tal vez el collar está embrujado. Una chica va a una tienda de segunda mano para buscarle un regalo a su hermana que cumple años, cuando ya se está dando por vencida porque no encuentra nada, ve una pequeña caja de música, al quererla abrir se da cuenta de que tiene llave y le pregunta a la encargada por ella, quien mira la caja con miedo y le dice que se la puede quedar. Le entrega una llave pero le advierte que no la puede abrir hasta que esté sola en su casa. La muchacha considera que es algo extraña la reacción de la mujer, pero no le da importancia y se lleva la caja. Al ver la hora, se desespera un poco, ya que la fiesta de su hermana es a las seis y son las cinco y media. Entra a una tienda en donde envuelven regalos, envuelve la pequeña caja de música y se apresura al parque en donde se festeja el cumpleaños de su hermana.
—Espera, espera —la interrumpe el intento de Cortázar—... ya se, que la hermana se ponga el collar y un embrujo caiga sobre ella. La chica se empieza a volver loca y nunca pueden quitarle el collar porque se pone histérica y golpea a todo mundo cuando lo intentan. Un día mata al perro de la vecina, y es ahí cuando deciden encerrarla en un manicomio. La encierran con el collar de perlas puesto porque ni tres doctores juntos logran quitárselo, y ahí pasa el resto de su vida, intimidando a doctores y a enfermeras, disfrutando de la compañía de su preciado collar de perlas.
—De acuerdo —replicó la muchacha al fin—, eres mejor escritor que yo. Mi idea no era tan buena.
—No te preocupes, puedes agregar como es que terminó hechizado el collar y te daré todo el crédito.
—Vaya, qué considerado—. Ambos se rieron y la bibliotecaria cumple su amenaza. Tomaron sus cosas y salieron. Antes de que pudiera preguntarle su nombre al adonis, el grito de una chica la interrumpió.
—¡Benjamín! —supuse que se refería a él, porque saltó del susto cuando vio a la chica—. Te dije que a las cuatro y son las cuatro veinte—. ¡Mierda! llegaré tarde a clase.
—Lo siento —se disculpó—. Me distraje un poco.
—¿Un poco? —dijo la chica—, yo diría que un mucho.
—Eso no tiene sentido —respondió él.
—Imbécil, odio cuando te pones en modo profesor de literatura. Vámonos —demandó ella—. Volteó a ver a la muchacha de la historia de las perlas y le sonrió. —Hola, lamento que hayas tenido que aguantar a este tarado —. Escuchó cómo Benjamín se quejaba y le dio risa.
—No hay problema, logré que hiciera mi tarea, así que no me molesta—. Ambos se rieron del comentario.
— Me caes bien —comentó la chica mientras caminaba hacia el estacionamiento.
—Adiós, Cortázar.
—Adiós, Irene —me sonrió una última vez y siguió a la chica.
La muchacha se rió sola. Era gracioso porque sí se llamaba Irene.
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