miércoles, 18 de mayo de 2016

Musgo y nueces #1 (Lento Assai)

Enrique Linares


Oh, David, David. La luz de tu estrella no alcanza para esta mesa. Ni siquiera las velas dieron suficiente en su corta vida para el calor que esta casa necesitaba. Estamos sentados en el suelo, como mariposas que no pueden alzar más el vuelo. No hay regalos, no hay rompope.

Ese lo bebimos la noche pasada, y no siento remordimientos por ello.
Alicia supo mirar siempre al muérdago, con la ilusión de que un día bajaran sus ramas hasta su cuello, y al acariciarle en seductor encanto recibiera su corazón las promesas de un verdadero beso. Esa era Alicia, una dendrita deslizándose sobre las dunas del desierto, un fugaz rayo que no sabe más que andar como alma en pena.
Y el grito de los grillos, que no cesa pese a los vinilos rotos, da vueltas. Siguen rondando su chillar como himno. Sea réquiem, sea cuna o un gato asomando por la ventana.Es un zumbido incapaz de cesar. Sube lento, como humo de franquincienso barato a la cabeza, y se guarda pasivo, como un fraile ora en sus votos de silencio al despertar. La cama la dejé caer por la ventana. Dormir es para quien necesita vivir. Ni el alcanfor ni los diluvios que soy han podido quitar el aroma de las pólvoras, arenas sobre roble a flor de piel.
Testigo fui de la angustia canaria, el trino a secas, que Alicia deseaba ocultar tras sus sonrisas. Érase el otoño, y quizás yo lo sabía, pero me era difícil ver. Oh, lejano David, siempre David. La estrella de tu luz no alcanza para esta mesa.
Se hace de noche casi sin desearlo, una vez que el sol se ahoga de sangría. El frío toma su lugar, en este instante sin luna. Puedo sentir cómo rompe poco a poco mi piel reseca, cual si fuera pan de oro sobre una vela al borde de fundir. Con esa suavidad Alicia sabía tallar el fruto de las abejas, escarbando entre pequeñas esculturas que esperaban para su desentierro. Qué importaba que sus cirios con aire y sabor maple estuvieran condenados a perder su forma, su esencia. Serían luz tenue a la mesa de alguien más. ¿Necesitabas ser resplandor de invierno en otras personas, para que el hielo no reclamara tus pies? ¿Qué era de ti, Alicia Los fuegos de marzo te atravesaron como a mí, tu mirada en cada almohada, al despertar
¿Qué oración habrán de alzar los santos a tu nombre?¿Qué sinfonía debo dedicarte para que halles consuelo?
No cae nieve, cae musgo, que lento, suave, aún más suave, matiza mis calles vacías de la mañana que reniega al sol que ya promete. Mis retoños no nacerán, te lo prometo, bajo el árbol que terminamos de decorar. ¿Llega el instante, o es sombra tenue? Nunca me diste una respuesta, y ahora que tengo la mía, no sé si llegaré a compartirla. Dulce es el fruto de la avellana, calmo es su amargor. Oh, David. Oh, David…



No hay comentarios:

Publicar un comentario