Karen Esquivel
Cuando comencé a escuchar el zumbido, dudé por unos segundos que fuera real. Pensé que tal vez era solo mi mente recordándome lo que había vivido hacía tantos años. Recuerdos molestos y abrumadores que me persiguen como insectos y que, irónicamente, tienen que ver con ellos.
Volvió a mi mente. Zumbidos dentro y fuera de mi cabeza que se amplificaban cada vez más.
Yo tenía seis años cuando empecé a temerle a los zumbidos. Sé que para cualquier persona son simplemente sonidos irritantes, que por lo general se van cuando uno los espanta. Y sí, así es. Pero yo era un niño pequeño, y en la soledad de mi casa, a medio verano y con ambos padres trabajando y mi hermana dormida en su cama… los zumbidos eran mucho más que eso.
Los escuché por primera vez en un día caliente, húmedo, aburrido. De esos días que se arrastran pesadamente y que no nos dan mucha esperanza. Yo estaba sentado bajo las escaleras que llevaban al cuarto de mi hermana mayor. Me entretenía jugueteando con las plantas que se enroscaban en el barandal. Fue entonces cuando ese amenazante sonido penetró en mi mente: un estruendoso zumbido. Me puse algo ansioso. ¿De dónde venía? ¿Qué lo causaba?
No era una abeja ni un mosquito, ni una mosca corriente. Pesaba más. Era más peligroso, más cercano a ser un depredador (o eso pensé).
Volteé a todos lados buscando al animal merodeador. Me puse en posición de ataque, por si acaso. Y de pronto la vi volar sobre mi cabeza. Me estremecí, y toda disposición de defenderme de ella se hizo humo y se fugó.
Era un moscardón negro, gordo y terrible, que aleteaba viéndome con sus gigantescos ojos verdes de cristal. No me tenía miedo, como los demás insectos que evaden a los humanos para evitar un accidente fatal. No, la mosca sabía que yo le temí en cuanto la vi, y por ello daba volteretas frente a mí y amenazaba con posarse en mi cabeza, en mi mano o mis orejas, creyéndose la dueña del lugar y de mi persona.
Grité y corrí a mi cuarto. Me encerré y sellé con cobijas el hueco que quedaba debajo de la puerta para que la desgraciara no lo aprovechara para entrar y seguir atemorizándome.
Mi hermana, despierta por el grito repentino, bajó las escaleras alarmada. Escuché los pasos y su voz confundida y preocupada, queriendo saber qué había pasado.
Le dije desde mi habitación que había una gran mosca. Ella se rio y cuando escuché que sus pasos se aproximaban, tomé la perilla de la puerta de mi cuarto y la jalé con todas mis fuerzas. No quería que entraran ni ella ni la mosca. Afortunadamente, no lo hicieron. La oí luchar contra el insecto, dándole golpes a paredes y puertas en vano, hasta que al fin la mosca dejó de zumbar.
Salí, temeroso, y lo primero que vi al abrir la puerta fue el cadáver de mi pronta enemiga, aplastado en el piso. Me acerqué a ella, queriendo confirmar que era la misma que yo había visto, y no fue hasta que mi nariz estaba a centímetros de ella, que se atrevió a dar su último zumbido. Corrí de regreso a mi habitación.
Los días pasaron y me olvidé del suceso. Aún me ponía a la defensiva al escuchar un zumbido, pero no esperaba encontrarme con otra de esas. Lo consideré un caso aislado.
Se cumplió una semana del incidente. Mi hermana, esta vez, no estaba en casa. Ahora yo podía sentarme en los escalones y no debajo de ellos, ya que no estorbaba a nadie. Sobre la escalera había dos tragaluces rectangulares rodeados de altas paredes amarillas y verde limón. La luz natural que entraba me hacía sentir que estaba en una selva; en un lugar tropical e inhóspito.
Repentinamente, escuché de nuevo un zumbido. Esta vez supe que venía de arriba: se oía sobre mi cabeza un eco del desagradable sonido. No lo dudé ni un segundo: era un zumbido tan denso y tan frío que supe que era de otra mosca como aquella.
Corrí al cuarto de mi hermana, que me quedaba más cerca que el mío. Terrible decisión. Al subir los escalones que me faltaban para llegar a la planta alta, las vi de frente. Tres espantosas moscas, dando vueltas junto a mí y después a mi alrededor.
La emoción fue demasiada. Bajé las escaleras de regreso de dos en dos. ¿Acaso estas eran más grandes? Parecían medir lo mismo que la falange más pequeña de mi dedo pulgar. Y eran tan negras que parecían estar hechas de oscuridad total y penetrante. Corrí por mi vida.
Me perseguían al principio, pero pronto perdieron interés en mí y volvieron a volar cerca del tragaluz.
Pude finalmente entrar a mi cuarto. Esperé ahí horas a que llegaran mis padres y mi hermana. Cuando mi madre entró a la casa, no sabía si salir a recibirla, o permitirle abrir la puerta de mi cuarto. Ambas opciones implicaban la posibilidad de encontrarme de nuevo con las moscas.
Decidí salir y cerrar la puerta detrás de mí. Si veía a las moscas al saludar a mamá, era muy probable que ella pudiera matarlas. Y en su presencia no les tendría tanto miedo.
La saludé, la abracé y le conté acerca de mi día. No escuché ningún zumbido.
Cuando cayó la noche, me dirigí a mi cuarto. Caminé hacia él con confianza, por un instante olvidándome de la existencia de esos bichos.
Fue un muy breve instante.
Abrí la puerta, y en la lámpara de mesa que estaba en el buró junto a mi cama se postraba una mosca en todo su esplendor antagónico.
Mis ojos se empezaron a llenar de lágrimas de horror e impotencia. ¿En qué momento llegué a desarrollar una fobia tan intensa? No lo sabía. Sólo sabía que la mosca había irrumpido en el único lugar sagrado de esa casa, y que tenía que armarme de valor para sacarla. Mi mamá, aunque era cariñosa, era estricta, y no pensaba dos veces antes de querer darme una lección. Yo sabía que si me veía aterrorizado al hablarle de la mosca, ella me obligaría a matarla yo mismo. Y eso era algo que no podía hacer.
Tomé, entonces, un libro, y me preparé mentalmente para ondearlo en el aire cercano a la mosca, y hacerla volar del susto.
Estaba yo con las manos ocupadas cuando sentí en mi oreja desnuda las patas peludas y pesadas de otra mosca. Otra mosca. Y el zumbido, y el aleteo.
Solté el libro y empecé a llorar y gritar, despavorido.
Salí de mi cuarto. Corrí y me encerré en el baño, arrepintiéndome de haber hecho tal escándalo. Mamá ya se había dado cuenta.
Me vi forzado a explicar la situación. Mientras papá me regañaba por mi cobardía, mamá mataba a las moscas con golpes firmes, y se preguntaba en voz alta: “¿de dónde han salido estas moscas?”.
Regresé a mi cama humillado, asqueado, cansado, pero por lo menos ya sin moscas. Dormí en paz.
Escuchaba a mis padres preguntarse acerca de las moscas, y no les presté atención. No quería seguir pensando en el asunto.
A la mañana siguiente, sin embargo, deseé con todas mis fuerzas haber oído atentamente su conversación. Sólo eso hubiera podido prepararme para lo que me esperaba ese día.
Me desperté con una sacudida en el hombro. Era papá, aún en pijama. Era sábado y no tenía que trabajar. Me dijo que me levantara y lo siguiera, y yo le hice caso.
Salimos de mi cuarto y nos acercamos a las escaleras. La ansiedad comenzó a subir por mis pies, piernas, espalda y brazos, hasta que todo mi cuerpo se sentía tembloroso y frío. Papá notó esta tensión en mí y me tomó la mano. No tanto de un modo paternal, sino más bien para obligarme a seguir caminando.
Contrario a lo que yo esperaba, no subimos. Me llevó debajo de las escaleras, agachándose con esfuerzo, y abrió una pequeña puerta que llevaba al exterior, y que había quedado en esa extraña ubicación cuando se hizo la ampliación de la casa.
Salimos. El sol brillaba y el patio, descuidado, tenía una escalera metálica plegable recargada en el suelo. Papá la levantó, la colocó reclinada en la pared exterior de la casa, y me pidió que subiera. La detuvo con sus manos para evitar que me cayera.
Llegué al techo. Me paré en equilibrio y me sostuve de la antena de televisión mientras que él subía. Y entonces lo escuché.
No era un zumbido ni eran tres. Era el sonido de un zumbido colectivo, feroz, más vivo que nunca. Estas eran muchas más que tres moscas.
Papá me cargó al verme pasmado y caminó hacia el origen del sonido, conmigo en sus brazos. Estábamos parados en la orilla del tragaluz, viendo hacia abajo como si fuera una ventana. Y, un poco más adelante de éste, un enjambre oscuro, terrible. Moscas. Eran tantas moscas que se veían como una mancha negra vibrante del tamaño de mi cabeza. Parecían pasas gigantes en movimiento. Sentí náuseas. Supe que mi papá también lo sentía, pero lo ocultaba. ¿Por qué lo ocultaba? ¿Por qué no nos íbamos y ya?
Papá se agachó y tomó un alambre que había en el piso. Era largo y lo extendió aún más. Picoteó el enjambre con el objeto metálico y extraño para ellas. Invadió su espacio en calma, y las moscas furiosas comenzaron a posarse en el alambre, en sus piernas y espalda. Él fingía no inmutarse. Yo, por otra parte, estaba paralizado del miedo. De haberme podido mover, me hubiera lanzado del techo.
Al picar el enjambre de moscas, mi papá descubrió debajo de ellas un objeto. Usó el alambre para darle la vuelta, y lo vi.
Había una enorme rata muerta, con la carne expuesta y la sangre coagulada, ya medio devorada por las moscas y gusanos que jugueteaban dentro del animal.
Los zumbidos, desde ese día, me ponen de un pésimo humor.