jueves, 21 de diciembre de 2017

Zumbidos

Karen Esquivel

Cuando comencé a escuchar el zumbido, dudé por unos segundos que fuera real. Pensé que tal vez era solo mi mente recordándome lo que había vivido hacía tantos años. Recuerdos molestos y abrumadores que me persiguen como insectos y que, irónicamente, tienen que ver con ellos.
Volvió a mi mente. Zumbidos dentro y fuera de mi cabeza que se amplificaban cada vez más.
Yo tenía seis años cuando empecé a temerle a los zumbidos. Sé que para cualquier persona son simplemente sonidos irritantes, que por lo general se van cuando uno los espanta. Y sí, así es. Pero yo era un niño pequeño, y en la soledad de mi casa, a medio verano y con ambos padres trabajando y mi hermana dormida en su cama… los zumbidos eran mucho más que eso.
Los escuché por primera vez en un día caliente, húmedo, aburrido. De esos días que se arrastran pesadamente y que no nos dan mucha esperanza. Yo estaba sentado bajo las escaleras que llevaban al cuarto de mi hermana mayor. Me entretenía jugueteando con las plantas que se enroscaban en el barandal. Fue entonces cuando ese amenazante sonido penetró en mi mente: un estruendoso zumbido. Me puse algo ansioso. ¿De dónde venía? ¿Qué lo causaba?
No era una abeja ni un mosquito, ni una mosca corriente. Pesaba más. Era más peligroso, más cercano a ser un depredador (o eso pensé).
Volteé a todos lados buscando al animal merodeador. Me puse en posición de ataque, por si acaso. Y de pronto la vi volar sobre mi cabeza. Me estremecí, y toda disposición de defenderme de ella se hizo humo y se fugó.
Era un moscardón negro, gordo y terrible, que aleteaba viéndome con sus gigantescos ojos verdes de cristal. No me tenía miedo, como los demás insectos que evaden a los humanos para evitar un accidente fatal. No, la mosca sabía que yo le temí en cuanto la vi, y por ello daba volteretas frente a mí y amenazaba con posarse en mi cabeza, en mi mano o mis orejas, creyéndose la dueña del lugar y de mi persona.
Grité y corrí a mi cuarto. Me encerré y sellé con cobijas el hueco que quedaba debajo de la puerta para que la desgraciara no lo aprovechara para entrar y seguir atemorizándome.
Mi hermana, despierta por el grito repentino, bajó las escaleras alarmada. Escuché los pasos y su voz confundida y preocupada, queriendo saber qué había pasado.
Le dije desde mi habitación que había una gran mosca. Ella se rio y cuando escuché que sus pasos se aproximaban, tomé la perilla de la puerta de mi cuarto y la jalé con todas mis fuerzas. No quería que entraran ni ella ni la mosca. Afortunadamente, no lo hicieron. La oí luchar contra el insecto, dándole golpes a paredes y puertas en vano, hasta que al fin la mosca dejó de zumbar.
Salí, temeroso, y lo primero que vi al abrir la puerta fue el cadáver de mi pronta enemiga, aplastado en el piso. Me acerqué a ella, queriendo confirmar que era la misma que yo había visto, y no fue hasta que mi nariz estaba a centímetros de ella, que se atrevió a dar su último zumbido. Corrí de regreso a mi habitación.
Los días pasaron y me olvidé del suceso. Aún me ponía a la defensiva al escuchar un zumbido, pero no esperaba encontrarme con otra de esas. Lo consideré un caso aislado.
Se cumplió una semana del incidente. Mi hermana, esta vez, no estaba en casa. Ahora yo podía sentarme en los escalones y no debajo de ellos, ya que no estorbaba a nadie. Sobre la escalera había dos tragaluces rectangulares rodeados de altas paredes amarillas y verde limón. La luz natural que entraba me hacía sentir que estaba en una selva; en un lugar tropical e inhóspito.
Repentinamente, escuché de nuevo un zumbido. Esta vez supe que venía de arriba: se oía sobre mi cabeza un eco del desagradable sonido. No lo dudé ni un segundo: era un zumbido tan denso y tan frío que supe que era de otra mosca como aquella.
Corrí al cuarto de mi hermana, que me quedaba más cerca que el mío. Terrible decisión. Al subir los escalones que me faltaban para llegar a la planta alta, las vi de frente. Tres espantosas moscas, dando vueltas junto a mí y después a mi alrededor.
La emoción fue demasiada. Bajé las escaleras de regreso de dos en dos. ¿Acaso estas eran más grandes? Parecían medir lo mismo que la falange más pequeña de mi dedo pulgar. Y eran tan negras que parecían estar hechas de oscuridad total y penetrante. Corrí por mi vida.
Me perseguían al principio, pero pronto perdieron interés en mí y volvieron a volar cerca del tragaluz.
Pude finalmente entrar a mi cuarto. Esperé ahí horas a que llegaran mis padres y mi hermana. Cuando mi madre entró a la casa, no sabía si salir a recibirla, o permitirle abrir la puerta de mi cuarto. Ambas opciones implicaban la posibilidad de encontrarme de nuevo con las moscas.
Decidí salir y cerrar la puerta detrás de mí. Si veía a las moscas al saludar a mamá, era muy probable que ella pudiera matarlas. Y en su presencia no les tendría tanto miedo.
La saludé, la abracé y le conté acerca de mi día. No escuché ningún zumbido.
Cuando cayó la noche, me dirigí a mi cuarto. Caminé hacia él con confianza, por un instante olvidándome de la existencia de esos bichos.
Fue un muy breve instante.
Abrí la puerta, y en la lámpara de mesa que estaba en el buró junto a mi cama se postraba una mosca en todo su esplendor antagónico.
Mis ojos se empezaron a llenar de lágrimas de horror e impotencia. ¿En qué momento llegué a desarrollar una fobia tan intensa? No lo sabía. Sólo sabía que la mosca había irrumpido en el único lugar sagrado de esa casa, y que tenía que armarme de valor para sacarla. Mi mamá, aunque era cariñosa, era estricta, y no pensaba dos veces antes de querer darme una lección. Yo sabía que si me veía aterrorizado al hablarle de la mosca, ella me obligaría a matarla yo mismo. Y eso era algo que no podía hacer.
Tomé, entonces, un libro, y me preparé mentalmente para ondearlo en el aire cercano a la mosca, y hacerla volar del susto.
Estaba yo con las manos ocupadas cuando sentí en mi oreja desnuda las patas peludas y pesadas de otra mosca. Otra mosca. Y el zumbido, y el aleteo.
Solté el libro y empecé a llorar y gritar, despavorido.
Salí de mi cuarto. Corrí y me encerré en el baño, arrepintiéndome de haber hecho tal escándalo. Mamá ya se había dado cuenta.
Me vi forzado a explicar la situación. Mientras papá me regañaba por mi cobardía, mamá mataba a las moscas con golpes firmes, y se preguntaba en voz alta: “¿de dónde han salido estas moscas?”.
Regresé a mi cama humillado, asqueado, cansado, pero por lo menos ya sin moscas. Dormí en paz.
Escuchaba a mis padres preguntarse acerca de las moscas, y no les presté atención. No quería seguir pensando en el asunto.
A la mañana siguiente, sin embargo, deseé con todas mis fuerzas haber oído atentamente su conversación. Sólo eso hubiera podido prepararme para lo que me esperaba ese día.
Me desperté con una sacudida en el hombro. Era papá, aún en pijama. Era sábado y no tenía que trabajar. Me dijo que me levantara y lo siguiera, y yo le hice caso.
Salimos de mi cuarto y nos acercamos a las escaleras. La ansiedad comenzó a subir por mis pies, piernas, espalda y brazos, hasta que todo mi cuerpo se sentía tembloroso y frío. Papá notó esta tensión en mí y me tomó la mano. No tanto de un modo paternal, sino más bien para obligarme a seguir caminando.
Contrario a lo que yo esperaba, no subimos. Me llevó debajo de las escaleras, agachándose con esfuerzo, y abrió una pequeña puerta que llevaba al exterior, y que había quedado en esa extraña ubicación cuando se hizo la ampliación de la casa.
Salimos. El sol brillaba y el patio, descuidado, tenía una escalera metálica plegable recargada en el suelo. Papá la levantó, la colocó reclinada en la pared exterior de la casa, y me pidió que subiera. La detuvo con sus manos para evitar que me cayera.
Llegué al techo. Me paré en equilibrio y me sostuve de la antena de televisión mientras que él subía. Y entonces lo escuché.
No era un zumbido ni eran tres. Era el sonido de un zumbido colectivo, feroz, más vivo que nunca. Estas eran muchas más que tres moscas.
Papá me cargó al verme pasmado y caminó hacia el origen del sonido, conmigo en sus brazos. Estábamos parados en la orilla del tragaluz, viendo hacia abajo como si fuera una ventana. Y, un poco más adelante de éste, un enjambre oscuro, terrible. Moscas. Eran tantas moscas que se veían como una mancha negra vibrante del tamaño de mi cabeza. Parecían pasas gigantes en movimiento. Sentí náuseas. Supe que mi papá también lo sentía, pero lo ocultaba. ¿Por qué lo ocultaba? ¿Por qué no nos íbamos y ya?
Papá se agachó y tomó un alambre que había en el piso. Era largo y lo extendió aún más. Picoteó el enjambre con el objeto metálico y extraño para ellas. Invadió su espacio en calma, y las moscas furiosas comenzaron a posarse en el alambre, en sus piernas y espalda. Él fingía no inmutarse. Yo, por otra parte, estaba paralizado del miedo. De haberme podido mover, me hubiera lanzado del techo.
Al picar el enjambre de moscas, mi papá descubrió debajo de ellas un objeto. Usó el alambre para darle la vuelta, y lo vi.
Había una enorme rata muerta, con la carne expuesta y la sangre coagulada, ya medio devorada por las moscas y gusanos que jugueteaban dentro del animal.
Los zumbidos, desde ese día, me ponen de un pésimo humor.

miércoles, 19 de abril de 2017

Hacemos la noche

Isaac Mariscal


Tu aroma está en el aire
y tus finas piernas lo moldean,
y tu cuello desnudo,
ah
tu cuello,
esa infinita milla verde,
que a paso de crisálida
mis labios invaden.

Empieza a convertirse
en paraíso la noche,
empezamos a convertirnos
en vida y muerte,
en optimo refugio
de lascivas intensiones,
lanzadas por esa naturaleza
que de nuestros ojos nace.

Tu aroma esta en el aire
y es más dulce
entre la tersedad de tus senos,
ajustados y perfectos frutos
que invitan a creer en lo divino,
que sutilmente hacen firmar
el pacto de lo eterno,
una condena
que ha valido mis muertes
bella mujer,
un acto que ha revalidado
la creación de mis labios
en este mundo.

Hacemos la noche
estrella por estrella,
y tus manos
marcan el tiempo
en mi espalda,
y tus armónicos cantos
hacen de luna,
para elevar el ritmo
y agitar las aguas.

Hacemos la noche
estrella por estrella,
hasta convertirnos
en ese punto ciego
del espejo del mundo.

Tu aroma está en el aire
y lo respiro hasta mi muerte.



Sigues viva

Isaac Mariscal


Vos tenés que saberque el amor no muere,
aunque la distancia
desgarre el tiempo
y asfixie al corazón,
el amor es un elemento eterno
lamentablemente.

Que en esas frías noches
donde la luna me encuentra
maldiciendo la existencia,
siempre estás presente,
ya sea en el vacío
al que dirijo la mirada,
o en la lluvia ácida
que sale del alma,
de donde tristemente
alcanzo a rescatar tu imagen.

Vos tenés que saber
que la vida no soportó
tu ausencia,
y que el cariño
no le sirvió de puente
a la realidad,
el tiempo se detuvo
encerrándome en una
eternidad que soñé,
pero que hoy no sirve.

Vos tenés que saber
que sigues viva
dentro de este pobre idiota,
que se aprendió
las letras de tu nombre
sin tener en cuenta
lo eternas que éstas eran.



martes, 1 de noviembre de 2016

Dos relámpagos bajo el río

Luis Iván Santillana


Su papá solía llevarlo ahí todos los jueves a pasear. El río Aar era un buen lugar para atrapar pescado fresco para la cena. Las aguas frescas del Reichenbachfall caían y caían más arriba, y ahí es adonde él se dirigía. Su nombre era Friedrich Planck, y había tenido una muy mala semana. Su jefe, el Señor Rosen, había salido de la ciudad por asuntos de negocios y el hombre que había dejado a cargo, Johansen, era un hombre de espíritus pesados. Renegaba y gritaba por todo, incluso se atrevió a culpar a Planck por unas ventas poco favorables en las que él no había tenido nada que ver.
Pero volver a este lugar le tranquilizaba. El agua era la mayor fuente de relajación para Friedrich desde que era muy pequeño y venía a pasar la tarde frente a la cascada con su familia. Bajo la sombra de los altos pinos no había de qué preocuparse. El ruido de la ciudad quedaba atrás y su mente se despejaba. Reinaba el silencio y el ocasional sonido de los pájaros y los pequeños insectos primaverales.
Luego dos voces como relámpagos. Dos hombres discutiendo en voz alta, batiéndose el duelo utilizando sólo las palabras. Se veían y rondaban mutuamente, como un león y su presa. Pero Friedrich no terminaba de entender cuál era el león y cuál era la presa.

Es usted un iluso, detective. ¡Creyó que podría superarme de una manera tan simple!  Déjeme decirle que se equivocó y ahora tampoco podrá contar con el apoyo del Doctor. Hay alguien que lo ha vencido por primera vez, ese soy yo. No lo niegue, ahora su vida carecerá de sentido. Acabe con ella y líbrese del problema.

No, no es así, porque usted y yo somos iguales, Profesor. Y mientras usted siga aquí arriba conmigo, no podrá vencerme y tendré una oportunidad de salir de este lío.

Entonces ya no estaré aquí arriba con usted. Simple solución, ¿no lo cree? dice el hombre apuntando hacia las rocas sobre las que el agua del Reichenbachfall cae.

Tenga por seguro que lo seguiré hasta el infierno establece el otro hombre mientras se abalanza sobre el primero, cayendo ambos hacia las rocas.
Planck quedó aterrorizado. El desenlace fue ocultado por la brisa del río Aar. Minutos después reaccionó y corrió a todo pulmón a pedir ayuda para los dos hombres que se habían dirigido a una muerte bastante segura bajo el Reichenbachfall.



Sobre la luna

Luis Iván Santillana


La clase de Filosofía nunca había sido su preferida, pero tampoco la odiaba. Como muchas veces sucede a lo largo de los años de primaria, secundaria, preparatoria, licenciatura y más allá, el problema radica en el maestro. El Profesor Mariano Soriano hablaba con un ritmo vocal más lento que una hoja de papel cayendo a través del aire y con una falta de expresividad propia de los Granaderos Británicos del Palacio de Buckingham. Era como tener una estatua erosionada por el viento y el tiempo al frente de la clase.

La noche anterior Jimena se había desvelado escribiendo un reporte para la clase de Química, y para empeorar el asunto la cafetería estaba muy llena para desayunar esa mañana. Simplemente no estaba de humor para otra clase de Filosofía.

Como una momia, el Profesor entró al salón de clases.

Buenos días. Siéntense. Sacó de su mochila un pesado libro de unas 500 páginas, y lo levantó para que la clase entera lo pudiera ver.

Hoy analizaremos a Hegel. Les presento la Fenomenología del Espíritu. Podrán conseguir una copia en Biblioteca.

¡Hegel! La cereza sobre el pastel. Y un libro que ocupaba más espacio que una tonelada de grava. “Genial”, pensó Jimena.

Solía sentarse en la última fila del aula, en el segundo lugar, junto a la pared. La temperatura del salón ese día era especialmente perfecta, ni muy fría ni muy cálida. Se recargó sobre la pared y continuó escuchando la clase.

Una piedra angular de la Filosofía moderna, Hegel nos planteaba la novedosa postura…

Jimena sintió la cabeza pesada. Luego también los párpados. Cerró los ojos unos segundos y luego los abrió sobresaltada. No podía darse el lujo de quedarse dormida en clase de Filosofía, el examen sería en tan sólo dos semanas.

Pero Hegel y el discurso del profesor Soriano daban sueño.

Se rindió ante la necesidad de dormir. No pudo más. El problema fue que el maestro lo notó, y le ordenó discretamente a toda la clase que se pusiera de pie. Sobresaltada por el ruido de sus compañeros, Jimena se levantó de un golpe.

¿Entonces que opina usted de la Fenomenología, Señorita Jimena?

Como Descartes señaló, dormir o no dormir, esa es la cuestión. Morfeo ha muerto, sigue muerto y nosotros lo hemos matado.

Ese no es Descartes. ¡Fuera de mi clase!



Lo que pasó de ayer

Maribel Palazuelos


¡Dios! ¡Mi cabeza! Jamás me había dolido tanto. Me doy vuelta en la cama y ahí es cuando me doy cuenta que traigo la misma ropa de la noche de ayer, aunque no recuerdo cómo fue que llegue a mi cama o que fue exactamente lo que pasó anoche, lo último que recuerdo es haberme tomado un shot de tequila.


— ¿Ya estás despierto? — el grito de mi madre hace que me queje, mi cabeza no estaba preparada para ese tono de voz o para ningún sonido. Escucho cómo golpea la puerta y trata de abrirla pero tiene el seguro puesto. — Vas a llegar tarde si no te levantas, ya son las siete.

— Sí — le respondo lo suficientemente fuerte como para que me escuche y consigo otro dolor de cabeza. Me preparo para volver a contestarle por si no me escuchó pero oigo sus pasos al bajar las escaleras.

Hago el mayor esfuerzo del mundo para levantarme y prácticamente me arrastro a la regadera, me doy un baño rápido y consigo cambiarme sin quedarme dormido o desmayarme por el dolor. Agarro mi mochila, las llaves de mi carro y bajó a la cocina donde mi madre ya me tiene preparada una taza de café y unos chilaquiles.

— ¿Ya te he dicho que te amo? — le digo a mi madre mientras le doy un trago al café.

— No me vengas con que me amas, ¿a qué hora llegaste anoche? — me pregunta.


— La verdad no recuerdo, ni para que te miento. — Evito su mirada de enojo y prosigo a comerme los chilaquiles antes de que se me haga más tarde para la escuela.

Termino el desayuno, me levanto y le doy un rápido beso a mi madre antes de correr a mi carro. Llego a la escuela y mis amigos me están esperando afuera del edificio donde están los salones de clases.

— Vaya, vaya. Pero si es Shakira — murmura Pedro, uno de mis amigos, y los demás se ríen de su chiste, el cual no entiendo.

— Por favor díganme que no me puse a bailar como Shakira anoche — les digo tapándome la cara con las manos.

— Como Selena también — contesta Adrián riéndose.


— Dejen al pobre chico, no recuerda nada de anoche — me defiende Carlos.


— La verdad no — confieso. — Díganme, pensé que no había tomado tanto.


Los cuatro sueltan la risa pero no dicen nada y empiezan a caminar hacia el elevador, cuando ya estamos todos dentro una chica llega corriendo y se meten antes de que las puertas se cierren. Empieza a escanearnos a todos y después su mirada se detiene en mí, se sonroja y aparta la vista rápidamente.

Se me hace conocida, pero no le pregunto porque mis amigos no me dejarían de echar carrilla por un buen tiempo. Cuando el elevador llega al tercer piso, mis amigos salen y sin que se den cuenta tomo del brazo a la chica para que no se vaya. Voltea a verme y se vuelve a sonrojar.
— ¿De casualidad…? — no termino la pregunta, tengo miedo de la respuesta que me pueda dar. — ¿De casualidad nos conocimos anoche?

Su sonrojo se vuelve más notable y solo siento un par de veces antes de zafarse de mi brazo y salir huyendo de mí. De pronto, recuerdos de la fiesta vienen a mi mente y mi dolor de cabeza parece crecer.



No más tequila

Maribel Palazuelos


El dolor de cabeza la despertó, era tan fuerte que empezó a quejarse en voz alta y el ruido provocó que la persona junto a ella se moviera y se tapara la cara con el brazo. Fue en ese momento en que se olvidó del dolor de cabeza y recordó dos cosas, la primera, que vivía sola y la segunda, que no tenía novio, así que no sabía quién estaba junto a ella y no recordaba nada después del tercer shot de la noche anterior.

Tratando de hacer el menor ruido posible se levantó de la cama sola para comprobar que estaba desnuda y que el cuarto en el que se encontraba no era el suyo, se frotó los ojos y maldijo en silencio.

No era la primera vez que le pasaba eso, hace dos meses se puso una borrachera igual y terminó acostándose con su mejor amigo. Tuvieron que terminar con la amistad porque era demasiado incómodo verse después del accidente.


Encontró su ropa interior tirada cerca del clóset, abrió la puerta del cuarto lentamente y salió a la sala donde encontró su vestido sobre el sillón y los tacones junto con su bolsa en la puerta de la entrada.

Cuando ya tenía el vestido puesto y los tacones en la mano para irse, su teléfono empezó a sonar, lo sacó de su bolso y contestó.
— Mendiga zorra, ¿en dónde estás y con quién? — era su amiga Gissel, que sólo hizo que el dolor de cabeza creciera por sus gritos.
— No sé ni dónde, ni con quién. Me acabo de despertar y estoy tratando de huir pero me interrumpiste. — Contesta susurrando y volteando a la puerta del cuarto para comprobar que el chico siga dormido. Su amiga se empieza a reír del otro lado de la línea.
— Ok, en serio que eres una zorra. No puedo creerlo, cero y van dos — y volvió a soltar la carcajada.
— Te voy a colgar, deja de reírte pendeja. No es gracioso.
— ¡Espera! No me cuelgues. — Le dijo su amiga dejando de reír. — Tienes que ver quién es, no puedes dormir con alguien y no saber quién es.
— No voy a volver ahí — le contestó — tú deberías saber quién es. ¿Qué pasó anoche?

— Mira, yo también andaba borracha, lo único que recuerdo es que cuando te iba a decir que nos fuéramos, ya habías desaparecido.
— Demonios, mejor me voy. Así no tendrá que ser incómodo cuando lo vuelva a ver porque no voy a saber quién es.
— Mira — contestó su amiga, con el tono que usaba cuando no quería que la contradijeran. — Vas a volver ahí y descubrir quién es, de lo contrario te vas a arrepentir toda la vida y cada chico que veas te preguntarás si es él.
— De acuerdo, pero en cuanto lo vea me largo. — Y le colgó sin darle oportunidad de que le contestara.

Dejó el bolso y los tacones en el sillón y lentamente regresó al cuarto; el chico todavía seguía dormido, se dio vuelta en la cama y ella se congeló del miedo, pero en vez de correr por si acaso se despertaba, se quedó viéndolo. Era el bartender del antro al que iban, se veía incluso más guapo dormido, con su cabello castaño esparcido en la almohada.
Estaba tan concentrada viéndolo que no se dio cuenta cuando esté despertó hasta que se sentó en la cama y se frotó los ojos, cuando la vio ahí en la puerta congelada como estaba, le sonrió y le hizo una seña para que entrara de nuevo al cuarto.
— Buenos días, déjame decirte que te ves hermosa en las mañanas.
Si no hubiera porque estaba agarrada del marco de la puerta, se hubiera desmayado ahí mismo frente a él.